Para Plácido Hernández Hernández, la vida no se divide en oficios inconexos: se afina y se destila. Originario de Santiago Matatlán, Oaxaca —reconocida como la capital mundial del mezcal—, Plácido encarna un puente vivo entre dos tradiciones que sintonizan al mismo ritmo: el canto y el palenque.
Su vínculo con el maguey viene de una raíz profunda. Desde los ocho años aprendió a cortar pencas y espinas para proteger a los toros al surcar la tierra junto a su abuelo y su padre. Sin embargo, la inquietud y la búsqueda de independencia lo convirtieron temprano en la «oveja negra» de la familia. A finales de los años ochenta emigró a Estados Unidos, donde la música se convirtió en su refugio y primera vitrina: con la guitarra en mano, recorrió antros, radios y concursos en Los Ángeles cantando al compás de la nostalgia. Al regresar a Oaxaca en 1992, la tierra volvió a llamarlo. Para 1995 levantó su primer palenque y, dos años más tarde, formalizó la marca que hoy abandera su legado: Mezcal Espina Dorada.

Lejos de abandonar la guitarra por los alambiques, Plácido descubrió que ambas disciplinas se retroalimentan. No ve contradicción alguna en su dualidad:
«El ser humano siempre busca algo en qué entretenerse. Al inicio veía la música como un trabajo, pero no había mucho dinero; después decidí hacer el palenque. Con los años compuse canciones en zapoteco, mi lengua materna, y traduje temas como ‘Dios nunca muere’ o ‘La Sandunga’. Lo que he hecho es fusionar las dos cosas: vengo a cantar, vendo mezcal, hago relaciones humanas. Uno jala al otro. Dedico un 70 u 80% de mi vida a la producción mezcalera y el resto a escribir canciones, tocar la guitarra y cantar en zapoteco, castellano y hasta en inglés».
Esa simbiosis es palpable en cada una de sus visitas a la capital. Primero lo demostró en el aniversario de Finca Robles, donde maridó su voz con las copas de su mezcal. Poco después, hace un par de fines de semana, Plácido llevó este diálogo cultural a los Jardines de Campo Marte en Polanco durante el festival Mundo Mezcal. Allí, entre la exhibición de más de una decena de variedades tradicionales —desde su noble espadín hasta agaves silvestres como tepeztate, arroqueño, cuishe o coyote, junto a su línea hermana XBAXI («agua que fluye en Zapoteco»)—, volvió a subir al escenario para confirmar que el destilado también se escucha.

Para Hernández, entender el mezcal exige la misma sensibilidad y oído fino que requiere una melodía. Por ello lamenta que a menudo se consuma sin la pausa debida:
«Al mexicano le hace falta cultura para beber mezcal. No es como tomarse una cerveza: se toma despacito, con agua, acompañándolo con chapulines, sal de gusano o naranja. A veces los extranjeros se interesan más por la cosmogonía y la historia detrás de cada gota que nosotros mismos. Es urgente educar a las nuevas generaciones para apreciar lo que encierra una botella artesanal».
Esa preocupación trasciende el vaso y toca la realidad de la industria. Frente a la expansión geográfica de la denominación de origen y el apetito comercial de grandes capitales, Plácido advierte un riesgo inminente de desdibujar la identidad oaxaqueña, tal como ocurrió en el pasado con el tequila:
«Abrieron demasiado la denominación y la gente se confunde. Cada zona tiene su tierra, su aire, su agua y su tipo de alambique. Hay lugares a los que solo les interesa vender y vender, olvidando la cultura. Si no nos unimos como oaxaqueños para defender nuestra esencia, en diez o quince años la industria puede absorber a los más débiles y quedar en manos extranjeras. Nuestro compromiso es transmitir este oficio a nuestros hijos para que permanezca tres o cuatro
Al final del camino, las notas de su guitarra y los aromas de su palenque en el kilómetro 19.5 de la ruta del mezcal convergen en una sola convicción. Para Plácido Hernández, ni la música ni el mezcal se miden únicamente por su rentabilidad económica:
«Somos pasajeros en este mundo y debemos dejar algo bueno. El dinero es importante, claro, pero hay cosas que no se compran ni se venden: la identidad, la cultura y la esencia. El dinero va y viene mientras nos entretiene; sin embargo, la vida no retoña ni se da en macetas».
